8 de marzo en Colombia

¿Feminismo de moda o cambio real? 

Cada 8 de marzo se repite el ritual. Marchas, performances, redes sociales inundadas de lila. Los mismos partidos que tienen congresistas acusados de acoso llenan sus cuentas de mensajes sobre igualdad de género, el circo político de siempre.

Pero este año el 8 de marzo no es solo un símbolo, es día de elecciones legislativas en Colombia y eso cambia todo, porque ahora la pregunta no es qué tan indignado puedes sonar en Twitter. La pregunta es:¿a quién vas a poner en el Congreso para que defienda a las mujeres de verdad?

Los números no mienten y tampoco tienen ideología. Hoy, en el Congreso que termina su período, solo 3 de cada 10 curules están ocupadas por mujeres; y eso después de años de discursos sobre paridad, leyes de cuotas y campañas institucionales que costaron millones de pesos del erario. El mismo sistema que habla de incluir a las mujeres las sigue poniendo de relleno en las listas, en los puestos donde no hay posibilidad real de salir elegidas, Las ponen de número 8, de número 12, de figura decorativa para cumplir el porcentaje mínimo exigido por ley

Y mientras tanto, en el Congreso que acaba, al menos tres representantes enfrentaron denuncias de acoso y abuso contra mujeres, tres en la misma institución que aprueba las leyes contra la violencia de género. En la misma institución cuyos miembros salen cada 8 de marzo a tomarse la foto con el lazo morado, nadie renuncia, nadie pide perdón. El proceso se alarga, se aplaza, se entierra, el año que viene vuelven a aparecer en el tarjetón.

Eso es lo que los grandes partidos llaman «defensa de la mujer.» Un slogan para marzo y silencio para el resto del año, hay algo que los grandes medios prefieren no analizar: la lista de Patriotas al Senado tiene más mujeres reales que muchas listas de partidos que se llenan la boca hablando de paridad. Mujeres que no llegaron por cuota de género sino por convicción política. Que no aparecen en alfombras rojas pero sí en los barrios donde la inseguridad destruye familias.

El movimiento que acompaña a Abelardo de la Espriella no habla de feminismo como slogan electoral. Habla de seguridad para que una mujer pueda caminar sola, de justicia para que un violador no salga en tres años, de economía para que una madre no tenga que elegir entre comer y pagar arriendo.

Eso no es el feminismo que vende, es el feminismo que transforma.  Pero hay una verdad más profunda que este debate no puede ignorar: las mujeres colombianas son mayoría en el censo electoral. Más de la mitad del país vota con nombre de mujer. Y sin embargo, llevan décadas siendo la minoría en las decisiones que las afectan. ¿Por qué? Porque el mismo sistema que necesita sus votos cada cuatro años les ha enseñado que votar es suficiente, que marchar es suficiente, que el hashtag del 8 de marzo es suficiente. No lo es.

El poder real no está en la marcha. Está en el Congreso, está en las comisiones donde se discuten los presupuestos de salud, de seguridad, de vivienda. Está en los senadores que deciden si un feminicida paga cinco años o paga toda su vida, y ese Congreso se elige ahora, no el año que viene, no en la próxima administración. Ahora con ese tarjetón en la mano.

Y este 8 de marzo, entre marcha y marcha, hay un tarjetón esperando. Con él, cada mujer y cada hombre que las respeta de verdad puede decidir si prefiere el símbolo o el cambio. Si quiere otro período de promesas pintadas de lila, o si esta vez el voto va a donde el cambio es real.

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